20.8.07

Dime dime espejito...


Desde adolescente, verme en el espejo antes de salir era una acción imposible de olvidar ¿¿¿Y cómo?? Era usual que al ponerme una cosa y pararme frente al espejo, corríera a ponerme otra cosa, y otra, y luego otra -pues el espejo rara vez aprobaba lo que veía- hasta que luego de una exasperante hora volvía a la ropa que me había puesto al inicio. Un horror. También recuerdo cómo sobreviví a mis primeras clases de ballet y danza contemporánea, pues no terminaba de aprobar mi imagen (larguirucha, flacuchenta y un tanto "culona" según los parámetros que giraban sin ton ni son por mi cabeza de 16 años). Pasaron varios años para que yo pudiera aceptar con amor sincero lo que el espejo reflejaba. Pero como los años adolescentes se viven así, entre altibajos, de no querer verme nunca, con el espejo pasé a la etapa de "hasta que la muerte nos separe". Pero no fue la muerte la que me separó del espejo... sino la vida misma.
Cuando quedé embarazada de mi primer hijo, no tuve lo que se dice "un espejo de verdad verdad". En el apartamento de mi esposo lo que había era un trozo de algo que reflejaba una cosa que se parecía a uno, y allí me vi borrosamente crecer una barriga durante nueve meses como si la que estaba enfrente no fuera yo. Luego, cuando compramos una casa nueva estuvimos algo así como más de seis meses sin hogar, que coincidieron con mi segundo embarazo. En los lugares donde fuimos viviendo mientras estaba lista la nueva casa tampoco había espejos, o si los había, como estaba en casa ajena no me veia nunca desnuda. Finalmente cuando llegamos al hogar por estrenar, tampoco había espejos: todo era nuevo y los baños -diseño nuestro- esperaron dos años por el suyo. Total: pasaron algo así como cinco años de mi vida en los que no me vi frente a frente y desnuda en un espejo de cuerpo entero. Eso simplificó mi vida, pues ya no dudé mil veces al ponerme una ropa, ni perdí tiempo en revisar si los zapatos combinaban con el resto -hasta con los zarcillos-. En fin... perder el espejito mágico que tanto me hacía sufrir fue la gloria.
Sin embargo, todo llega en esta vida -hasta lo que no se ha perdido- y por estos dias paré el carro en una cristalería y sin pensarlo mucho ordené que cortaran sendos vidrios tanto por tanto y pagué la mitad, por lo que ocho días después tocaron a mi puerta y entraron dos señores con los espejos. Zaz, zaz, hicieron sus huequitos en la pared y se marcharon. Esa noche, cuando entré a darme una ducha ¡¡¡susto!!! me encontré con una mujer que no conocía.
Pero ¿y quién es esa señora? me dije aterrada. Estuve ahi, parada frente a mi -esa mujer desconocida-, en el medio de la nada, como quince minutos eternos. Era yo, la misma, pero completamente otra: dos embarazos, dos cesáreas, rollitos a los lados y una doblebarriga que por más que me esforcé aguantando la respiración no se fue nunca... Total, que tuve que hacer un ejercicio sobrehumano para entender que cinco años sí son algo y aceptar nuevamente a la nueva yo que se asomaba en ese mi flamante espejo. Pasé varios días en los que volví a asustarme cuando de golpe me encontraba conmigo desnuda, pero gracias a Dios, el hombre es un animal de costumbre y ya está archivada en mi mente la nueva yo. Por suerte también, los hijos le hacen un gran favor al ego -lo aplacan, lo machacan, lo tuestan y finalmente... lo reducen- por lo que ya no necesito pararme frente al espejo para preguntarle nada, pues nada nuevo tiene ya que decirme... ¡Si me hubieran dicho esto cuando era una adolescente no lo podria creer! Pero así son las cosas.

1 Comments:

Blogger La Gata Insomne said...

Qué buena eres narrando.
me hace gracia este post, estoy dilucidando que es mas dañino, poner o no el espejo: si lo pongo he de morir de inmediato, y si no, creo que voy matand gente por la calle!!!

besos

11:30 p. m.  

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