8.10.08

De madre a robot...



Un secreto orgullo me inundaba siempre cuando pensaba en el término "supermujer". Los Angeles de Charlie, la Mujer Maravilla, las Chicas Superpoderosas en sus diferentes épocas de tv y con sus títulos grandilocuentes me hicieron sentir "parte de ese clan". Un clan. Alguno. Pues aunque las mujeres, "esas" capaces de hacer cuatro cosas al mismo tiempo como llevar un hogar, dirigir un escritorio de abogados, gerenciar un supermercado o un gupo de teatro -indistintamente- o hacer panquecas mientras se le saca la raíz cuadrada al epíteto tajante... "esas" formamos secretamente parte del club de las supermujeres, y aunque no nos reunimos en ningun sitio, ni tenemos distintivos, ni ganamos medallas, ni nada de nada... nos reconocemos en la calle por una pequeña gotita de sudor perlada que nos pasa por la frente sin arruinar el peinado o el maquillaje, por ejemplo, y cosas parecidas.

Pero el orgullo me duró hasta hace poco, cuando leí el libro "Creciendo con nuestros hijos" de Angela Marulanda. Uno de los capítulos titulado "El síndrome de la supermujer" que me leí en volandilla me definía a la perfección... ¡a la perfección! y fui feliz perteneciente del clan hasta que la lectura se tornó color de hormiga y comenzó una lista descriptiva muy desagradable. Veamos:
Las supermujeres
-consideramos que nadie en la casa hace las cosas ni maneja a los niños tan bien como nosotras
-nos sentimos culpables cuando nos sentamos a descansar un rato
-creemos que la única forma de que las cosas salgan bien, es si se hacen como nosotros decimos
-nos ocupamos de encontrar todo lo que los hijos pierden
-vivimos pendientes de los compromisos de todos los niños (y los del marido) para recordarles continuamente lo que deben hacer

Y luego terminaba con un "es preciso evitar a toda costa que en el afán por cumplir con nuestras múltiples responsabilidades perdamos la sensibilidad, la ternura, la alegría y la afectividad" y de inmediato recordé aquella vez en la que Daniel tuvo una pesadilla conmigo, y su pesadilla era que yo, su madre, era un gran robot... ¡iun robot!

¿Cómo había ocurrido aquella transformación? Tal vez cuando nació mi segundo hijo, me dije, y de cuidar un hijo pasé a la suma de dos al cuadrado, llevar la casa y seguir con mi trabajo como si nada hubiera pasado. Tal vez cuando se me borró el nombre, entre cesárea y cesárea, y quedó bordado entre punto de cruz y punto atrás en una de las capas internas de la piel, allá abajo, justo donde ahora reluce un pequeño cordón enrojecido... tal vez, me digo, cuando no fui más al cine con mi marido, y se acabaron las cenas románticas con velas, y se cambiaron por noches en vela cuidando algún niño enfermo. Tal vez.

Pero nunca es tarde cuando la dicha es buena, me digo. Así que voy a ver cómo se hace para desandar el camino de supermujer, no sé si seré buena alumna en esto de desaprobar lecciones, pero ahí voy, haré el intento. Descuelgo mi medalla de oro, la dejo en el camerino, y salgo... Abandono el club, aunque sea por un ratito. Ya les hiré contando.

1 Comments:

Blogger La Gata Insomne said...

verdad eres genial
qué bien leerte, da gusto

yo nunca aprobé esa lección, la verdad es que debo haber reprbado muchas, pero igual que tú pero a la inversa (casi como la raiz cuadrada del tajante!!) lo más a tiempo que el tiempo me ha permitido, he tratado de enmendar los errores muy otros, más bien de resta

besos

11:54 p. m.  

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